Del libro Un espíritu prisionero

No era ni de Asia,[1] ni mío: era común.[2] Aunque, en realidad, no era de nadie, porque ninguna de las dos lo quiso. Quedaba la mayor, pero ya estaba casada.[3] Y aunque no lo hubiera estado – tampoco lo habría querido. ¿Quién podría haberlo querido? Digamos que alguien que careciera de intuición. Joven, si no hermoso, sí de buen ver; precisamente eso, de buen ver (y en general todo lo que se asocia con bueno: bien portado, bienfamado, bien intencionado, todo, todo, salvo bien nacido, eso no era, y por eso…), «inteligente», «instruido», «culto», de buena familia, con un futuro prometedor… Y justo en este futuro radicaba el meollo de la cuestión, ya que quienes debíamos hacer que se realizara éramos nosotras, alguna de las dos hijas solteras de nuestro padre. Por ese futuro pedía la mano. No, no pedía la mano, ni siquiera hacía la corte: rondaba. ¡Y cómo! Daba vueltas como el gato alrededor del carnicero. Un gato que, por otro lado, estaba satisfecho, incluso un poco en exceso. Espigado y robusto, pero, ay, todo como sudoriento, aunque fuera imperceptible era como un sudor subcutáneo, igual que existe el agua subterránea.

En general, estaba muy ligado con el agua. En primer lugar, los ojos: eran agua perfecta sin más, salvo una primera impresión de integridad. Íntegra agua azulada. Insoportablemente íntegra. Un par de honrados sitios vacíos que miran en dirección a uno. Cuando éramos niños decíamos que esos ojos eran celestes, más tarde honrados. ¿Por qué en las mujeres a esos ojos se les llama enigmáticos, y en los hombres, honrados? Se dan como garantía de honradez, pero pertenecen, por lo general, a los más aviesos. Los que tienen ojos así pasan por ser los primeros estudiantes, buenos yernos y hasta directores. «Un hombre con esos ojos no puede…». ¡No!, un hombre con esos ojos justamente puede, y lo puede todo. La particularidad de estos ojos es la de mirar directamente a los del otro, sin esquivarlos y sin parpadear, derribando la mirada del otro como se derriban los bolos, mantener infalible la mirada sobre el otro. La segunda impresión: los labios dicen una cosa y los ojos otra: suya e indefectiblemente mala. – «Es que yo sé…» – ¿Qué? – Pues una porquería relacionada contigo, una porquería tan grande, que ni siquiera tú mismo la sabes. Y he ahí que, presa del azoro, comiences a buscar. Si la persona es débil, con toda certeza la encontrará. De una u otra manera uno, de antemano, ya ha sido vencido por esos ojos. Porque la particularidad de estos ojos es – el poder. Son los ojos de un juez. Los ojos auténticos de un interrogatorio. De un interrogatorio, es decir, de la sugestión. ¡Te obligaré a confesar! – ¿Qué? – Que tú también eres como yo. (Como si un ex presidiario interrogara a un ex compañero). Ojos de complicidad, a la cual en vano intenta uno resistirse. Si alguien los lee, está más perdido que si hubiera creído en ellos. Y, una cosa curiosa: son precisamente ellos, esos que entre la inteliguéntsia pasan por ser «honrados», los que la gente del pueblo llama, inevitablemente, desfachatados. Una palabra que, dicho sea de paso, jamás escucharán ustedes a propósito de los negros; no, sólo de los claros, y de entre los claros – sólo de los azules. Y de los azules con pestañas negras, porque en ellos, en negro sobre blanco, parece escrita una verdad: ¡Cuidado! Y para decirlo todo de una vez: honrados, como el agua del río.

El novio también estaba ligado con el agua por el lugar de nuestro encuentro: el Oká. Allí, en el pueblecito de Tarussa, los padres del novio tenían una pequeña dacha. En cuanto Asia y yo entrábamos en ella sentíamos desconfianza: era demasiado… – ¿Qué? ¡Demasiado agradable! El padre del novio con una prominente barriga de raso azul oscuro, un cinturón torcido apenas sujeto y con borlas, nos invitaba con voz melosa a «tomar una tacita de té con miel», más aún, creo que decía, a «libar». La madre del novio (tenía esos mismos ojos acuosos, sólo que diluidos y debilitados «por su parte femenina», esos mismos ojos, pero disueltos: todo lo azul lo vertió en el hijo, y ella sólo se enjuagó) – como si invocara con insistencia unos sueños terribles nos invitaba a la mesa y nos convencía de que probásemos la mermelada, de tal forma que parecía que en el frasco no era grosella lo que había, sino perlas vivas. El mobiliario mismo, o mejor, la disposición de los muebles, la forma en que los objetos se relacionaban con las personas: las sillas – te arrimaban, los silloncitos – te engullían, las mesas – (una encerrona) te encerraban. Todo junto te sumía en un profundísimo pasmo de no-resistencia, sin hablar ya del evidente «estilo ruso» de los saleros en forma de cazos, los marcos – de casas con aleros, los ceniceros – de calzado campesino, y hasta la manera de hablar, una especie de mezcla entre cochero e hipócrita, llena de exclamaciones como ¡ejma!, ¡uj!, interceptadas por frases como «Dios se ha dignado» y «Todos somos iguales a los ojos de Dios». Todo esto era profundamente ajeno a nuestra sencilla casa, tan sencilla como el crecer mismo de la hierba. Pero ahora viene lo más importante: el respeto. Ese respeto que de inmediato nos colocó a Asia y a mí en la pista correcta a propósito de los honrados ojos de Tolia.[4]

—¿Y a cuenta de qué? —nos preguntábamos nosotras, bajando y subiendo, como sobre las olas, por las colinas que llevaban de Tarussa a nuestro Pesóchnoye—. Si al menos fuéramos princesas, o ancianas, o actrices célebres… Pero es que es imposible que con nuestras greñas y nuestros codos les gustemos… En realidad, deberían odiarnos.

—Simplemente echarnos – sólo por nuestro aspecto.

—Pero ¿te has dado cuenta de cómo nos aprobaban, de cómo se reían de cada una de nuestras palabras?

—Sobre todo el padre.

—Sobre todo la madre.

—Y Tolia ahí sentado relamiéndose. Asia, te lo juro, se relamía. Sí: ¡de verte!

—¡Qué cochinadas dices! Si se relamía era, por supuesto, de verte a ti, porque a mí todavía tendría que esperarme, por lo menos y en el mejor de los casos, tres años. Y a ti sólo uno.

Su tercer lazo con el agua era el baño ruso. En Tarussa o en Moscú, cada vez que recibíamos una invitación y llegábamos de visita, su hermana Nina, desde el umbral: «Tolia todavía no está. —En un susurro, al oído—: Está dándose un baño. Me ha pedido que no se lo dijera, pero yo se lo digo por amistad».

Y cuando, después del baño, rojo de tanto haber sudado, con una voz no en vano cálida: «Tiene usted cabeza de Antínoo…», lo más suave que se le podía responder era: «¡No diga tonterías!».

«Un auténtico hombre de los baños —decía Asia indignada—, aunque nunca haya visto a los hombres de los baños. Mejor le estaría restregar con una esponja a los comerciantes que escribir versos sobre las nereidas. No en vano su padre siempre se jacta de haber llegado a inspector escolar siendo descendiente de burgueses pobres. Yo, por supuesto, estoy por la igualdad —continuaba la alumna de tercero de secundaria, impacientándose—, pero no en el matrimonio. Mejor con un zar no amado, que con un sacristán adorado. Y éste encima es no-adorado».

¡Los desayunos de los cumpleaños! En nuestra gran sala blanca, a través de la mesa de gala completamente abierta y presidida por la alemana de cabello cano, entre otros rostros amables, jóvenes, sonrosados – la pálida cara de Anatoli con un bigote y una barba rojizos sosteniendo sobre una de nosotras una mirada incansablemente fija.

—Marina, ¡por su deseo más íntimo! Asia, ¡por el nuestro!

—¿¡Qué-e-e!?

Um Gottes Willett, Kind, schrei doch nicht so furchtbar![5]

—Es un buen muchacho —resumía la alemana después de cada una de sus visitas—. Calmo, respetuoso, con buenas modalas. Sólo que schade que tenga esa Käsegesicht.[6] Tendría que hacer gimnástica y comer más compota de cirruelas pasas.

La sirvienta, con todo el olfato animal de la gente del pueblo, no soportaba a Anatoli.