Salieron de la ciudad a las ocho y media.
El camino estaba seco. El bello sol abrileño picaba ya; pero en las cunetas y en el bosque aún había nieve. Acababa de irse el invierno, crudo y lúgubre, y la primavera se había presentado como por sorpresa, pero para Maria Vasílievna, que iba sentada en la carreta, no constituían novedad alguna ni tenían el menor interés el calor, los lánguidos bosques transparentes, entibiados por el hálito de la primavera, ni las negras bandadas que se cernían sobre los enormes charcos, verdaderos lagos, ni el cielo maravilloso e insondable, al que hubiera volado de tan buena gana.
Llevaba trece años de maestra y había ido incontables veces a la ciudad para cobrar su paga; ya fuese en primavera, como ahora, o en una lluviosa tarde otoñal, o en el frío invierno, le daba igual; y su único afán era siempre el mismo: llegar pronto.
Tenía la impresión de llevar viviendo en aquellos parajes un siglo, y le parecía conocer cada piedra y cada árbol del camino de la ciudad a su escuela. Allí estaban su pasado y su presente; y no podía imaginarse otro porvenir que la escuela y el camino de la ciudad, y otra vez la escuela, y otra vez el camino…
No solía recordar ya, y casi había olvidado, su vida anterior. En tiempo tuvo familia; sus padres vivían en Moscú, cerca de Krasnie Vorota, donde ocupaban un piso espacioso; pero de todo ello no le quedaba en la memoria sino un rastro vago y difuso, como un sueño. Su padre murió teniendo ella diez años, y poco después le siguió la madre. Tenía un hermano, oficial del Ejército, con el que se escribía al principio, pero luego dejó de recibir cartas de él. No conservaba otro recuerdo tangible que una fotografía de su madre, descolorida a causa de la humedad de la escuela y en la que sólo se distinguían ya la cabellera y las cejas.
Cuando llevaban recorridas unas tres verstas, el viejo carrero Semión volvió la cabeza y dijo:
—En la ciudad han detenido a un funcionario y se lo han llevado. Se dice que fue cómplice de los alemanes en el asesinato de Alekséiev, el alcalde de Moscú.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Lo leyeron en los periódicos, en la taberna de Iván Jánov.
Siguió un largo silencio. María Vasílievna iba pensando en su escuela, en los próximos exámenes, a los cuales presentaría a cuatro niños y una niña. Y precisamente mientras pensaba en ello la alcanzó un coche de cuatro caballos en el que iba el terrateniente Jánov, el mismo que el año anterior examinó a los alumnos de su escuela.
—Buenos días —la saludó—. ¿Va usted para su casa?
Jánov, hombre de unos cuarenta años, rostro ajado y expresión mustia, comenzaba a envejecer visiblemente, pero aún era apuesto y gustaba a las mujeres. Vivía solo en su gran hacienda, y se decía que sus únicas ocupaciones eran ir silbando de un rincón a otro de su aposento o jugar al ajedrez con su viejo lacayo. Se murmuraba también que bebía mucho. En efecto, el año anterior, durante los exámenes, hasta los papeles que trajo olían a perfume y a vino. Llegó vestido de punta en blanco, y Maria Vasílievna, prendada de él, se sentía confusa a su lado. Por regla general, los examinadores que habían pasado por la escuela eran fríos y sentenciosos; éste, en cambio, no recordaba un solo rezo, no sabía qué preguntar, era extraordinariamente cortés y delicado y sólo ponía calificaciones de sobresaliente.
—Yo voy a ver a Brakvist —prosiguió, dirigiéndose a Maria Vasílievna—. Pero me han dicho que no está en su casa…
De la carretera torcieron por un camino vecinal: Jánov delante y Semión detrás. Los cuatro caballos de aquél iban al paso, arrastrando a duras penas el pesado vehículo, que se atascaba en el barro. Semión zigzagueaba saliéndose del camino, tan pronto subiendo por un montículo como atravesando un pradillo y saltando a menudo del carro para ayudar al caballo. La maestra seguía pensando en la escuela: ¿serían fáciles o difíciles los exámenes? Se enojaba contra la alcaldía, donde no encontró a nadie el día anterior. ¡Qué desorganización! Llevaba dos años pidiendo que despidiesen al guarda que, además de no hacer nada, la trataba groseramente y pegaba a los alumnos, pero nadie le hacía caso. Al alcalde no había modo de encontrarle, y si aparecía alguna vez, se excusaba asegurando, casi con lágrimas en los ojos, que no tenía tiempo. El inspector pasaba por la escuela una vez cada tres años y, por otra parte, no entendía ni jota, pues antes había sido agente del fisco y había conseguido el puesto de inspector escolar por influencia. El Consejo de Enseñanza se reunía muy de tarde en tarde, sin que se conociera el lugar de las reuniones; y el visitador era un muzhik semianalfabeto, dueño de un taller de curtidos, torpe, grosero y gran amigo del guarda, de manera que sólo Dios sabía dónde podía ella presentar una queja o pedir un informe. “Verdaderamente es guapo”, pensó mirando a Jánov.
El camino era cada vez peor. Penetraron en un bosque. Allí no había posibilidad de zigzaguear, y las huellas de las ruedas eran profundas, formando canalillos en los que corría y rumoreaba el agua. Las punzantes ramas azotaban la cara.
—¡Vaya un caminito! —exclamó Jánov, y se echó a reír.
La maestra le miró y se preguntó por qué vivía aquel chusco allí. ¿De qué le servían en tan escondidos parajes, llenos de tedio y de suciedad, su dinero, su belleza y su esmerada educación? La vida no le ofrecía ninguna ventaja; y, lo mismo que Semión, tenía que ir al paso, por un camino abominable, sufriendo las mismas incomodidades. ¿Por qué vivir allí pudiendo estar en San Petersburgo o en el extranjero? ¿O qué le costaba a un ricachón como él convertir aquel camino en una buena carretera para no atormentarse ni ver la desesperación que reflejaban las caras de su cochero y del carrero Semión? En vez de hacerlo así, se reía y, al parecer, todo le era indiferente y no necesitaba una vida mejor. Bondadoso e ingenuo, no veía lo brutal de aquella existencia, igual que no recordaba las oraciones durante el examen. Su ayuda a las escuelas se reducía a regalos de globos terráqueos, no obstante lo cual se consideraba sinceramente un relevante protector de la instrucción pública. ¡La falta que harían sus globos en aquellos parajes!
—¡Cuidado, Vasílievna! —gritó Semión.
La carreta se ladeó y estuvo a punto de volcar. A los pies de María Vasílievna cayó un envoltorio pesado: eran sus compras. Siguió una cuesta empinada y fangosa. Por las sinuosas cunetas y zanjas corrían con estruendo verdaderos arroyos. El agua…, ¡parecía haber roído la tierra! ¿Cómo avanzar? Los caballos bufaban. Jánov descendió del coche y echó a andar por el borde del camino, con su largo abrigo. Tenía calor.
—¿Qué le parece? —volvió a reír—. Como para destrozar el coche en un dos por tres.