La escritura teatral tiene cuatro pilares: espacio, tiempo, personajes y conflicto. Un cuerpo sometido a presión en un espacio, en un tiempo determinado. Ésa podría ser la formulación básica. Espacio, tiempo, personajes (o actores, actantes, performers, impersonajes, títeres, sombras, etc.) y conflicto (o adversidad, tensión, riesgo, peligro, etc.). En realidad, forman parte de la misma arcilla poética que asume cuatro funciones distintas. Espacio, tiempo, personajes y conflicto tienen una relación entonces de consustancialidad. Son la misma sustancia desplegada de cuatro maneras. Pensad ahora títulos de obras de teatro. Todos ellos responden a uno o varios de estos cuatro puntos.

Algunas preguntas nos ayudan como disparadores. Preguntas aparentemente sencillas pero fundamentales: ¿por qué mi personaje no quiere o no puede abandonar el espacio dramático?, ¿qué cuenta atrás terrible estaba ya en marcha antes de la primera palabra, pero se acelera irremediablemente en las escenas iniciales?, ¿qué imagen hay antes de la palabra?, ¿qué imagen hay después de la palabra?, ¿quién está ya allí cuando el espectador llega?, ¿a quién espera?, ¿a quién teme?, ¿qué desea?, ¿qué tiene mi personaje en común con su contrario?, ¿qué tiene contrario con el personaje más cercano?, ¿qué imagen despide a los espectadores?, ¿qué imagen los recibió?, ¿qué ha pasado entre una y otra?

Al igual que es difícil saber cuándo se empieza a escribir una historia, cada vez me es más difícil saber cuándo se termina de escribirla. Los ensayos, las puestas en escena y los espectadores han hecho que reescriba textos incluso después de su publicación. Todas mis obras publicadas han sufrido cambios en las diversas ediciones. Los autores de teatro somos los que tenemos una relación más intensa con la reescritura. Cada puesta en escena nos descubre algo que no sabíamos, evidencia las zonas más débiles de nuestro trabajo o nos hace comprender las más potentes. La escritura escénica es siempre una escritura incompleta, en proceso, en aprendizaje; hasta que nuestra muerte y el corpus académico, la erudición, la tradición o el olvido digan lo contrario.