Lo de los brazos empezó por los tatuajes. Los que se hacían los lectores. En mis primeras giras promocionales, la gente me pedía que les firmara autógrafos en los brazos o en las piernas. Al cabo de un año me los volvía a encontrar. Otro libro, otra gira, y me enseñaban mi firma plasmada de forma permanente en su piel.

¿Mi solución? Pedirlos al por mayor. Brazos, piernas, manos, pies. Cajas y más cajas de cartón producidas en fábricas con mano de obra esclava de China. Traídas a tiempo en contenedores marítimos. Un cargamento bien fresco, recién descargado, si se me permite el chiste. Hablamos de falsos pero muy realistas brazos cortados, con sangre gelatinosa y un muñón amarillento de hueso partido donde correspondía. Piel ictérica. Luego me tocaba transportarlos de la oficina postal a casa con mi camioneta Toyota Tacoma, un trayecto bastante largo y lleno de curvas por una autopista de dos carriles que discurre entre bosques. Una vez, en mi primer trayecto, no se me ocurrió atar los montones de cajas. A casi cuatro kilómetros de mi casa, una caja desapareció del retrovisor, seguida de otra. Cuando encontré un sitio donde parar, miré en dirección a las cajas rotas que habían quedado atrás. La autopista estaba cubierta de extremidades ensangrentadas. Coches y camiones hasta donde alcanzaba la vista. Nadie hizo sonar siquiera la bocina, tan estupefactos se quedaron al verme correr de un lado a otro, tirando brazos y piernas sanguinolentos al arcén de la carretera.

El conductor de un camión maderero, que fue el último vehículo en pasar lentamente cuando terminé de despejar el camino, me miró desde la ventanilla de su cabina y me dijo: —La primera caja la has perdido hace seis kilómetros.

Encontré la mayor parte. Está claro que hubo unos cuantos que debí de tirar demasiado lejos, y sus dedos rosados siguen escondidos entre los helechos, esperando a que algún excursionista los descubra. No fue intencionado, pero tampoco es para reír: en aquellos bosques ya habían dejado a sus víctimas los asesinos de Green River y de Forest Park.

La mayor parte de las extremidades que llegaron a mi casa las autografié con un grueso rotulador permanente, sentado al sol en mi porche. Uno de esos rotuladores cuya tinta no conviene pasarse horas inhalando dentro de casa, y lo mismo digo para el olor a goma de los brazos.

Luego me los llevaba a la tienda de UPS desde donde los enviaban a todas las librerías de mi siguiente gira. Así, al final de cada evento podía pedir un aplauso desde el escenario para el personal de la librería. Y siempre respondía a los aplausos con la misma frase final: «Como nos habéis echado una mano tan grande, os queremos devolver el favor…».

Y entonces se oía la exclamación ahogada de los centenares de espectadores cuando vaciábamos los cajones de brazos y piernas autografiados y los lanzábamos como si fueran carne roja para que los lectores saltaran y los atraparan.

Era mi respuesta a la gente que quería mi nombre en el brazo o en la pierna. Nada de tatuajes. En Ann Arbor un hombre se levantó la pernera del pantalón para enseñarme mi firma grabada en su pierna con un cúter, pero era un tipo agradable, no el maníaco que podría parecer.” Cada gira era una máquina bien engrasada. Cada gira era otro contenedor naval procedente de China. Y en cada ciudad: «Como nos habéis echado una mano tan grande…».

Hasta un año en Miami en que el evento promocional se celebraba en un escenario del muelle propiedad de la Shake-A-Leg Foundation. Cosa que yo no sabía. ¿Cómo iba a saberlo? Y después de tirar cientos de piernas cortadas al público me presentaron al creador de la fundación, que resultó ser un apuesto hombre, Harry Horgan, que se había quedado paralítico por un accidente de coche. ¿Qué pude hacer, más que disculparme?

No lo había hecho con ánimo de ofender. El hombre lo entendió.

Desastre evitado. He adquirido mucha práctica en disculparme.

Ese fue el único percance al este del río Misisipi. Al oeste, ya es otra historia. Todas las paradas de mi gira por el oeste del país estaban programadas, por accidente, justo un día después de que pasara por allí otro escritor, un hombre llamado Aron Ralston. Pese a que yo lo había etiquetado todo con la frase NO ABRIR ANTES DEL EVENTO PROMOCIONAL DE PALAHNIUK, la mayor parte de las tiendas tenían curiosidad y abrían las cajas antes. Aquel montón de cajas misteriosas y malolientes. Encontraban todos los brazos y piernas cortados y pensaban: «Es la promoción de un libro con el peor gusto que hemos visto jamás».

Y, negándose a leer mis etiquetas, los libreros recibían a Aron y le decían: «Le gustará saber que sus brazos cortados han llegado bien». Aron Ralston, autor de 127 horas: cada segundo cuenta, el libro que se convertiría en la película del mismo título de James Franco. Sí, ese Aron Ralston. El mismo que se vio obligado a cortarse el brazo durante una expedición a pie. Y que ahora se veía obligado a decirles cortésmente a los empleados de la librería que tenían que leer lo que ponía en las cajas y que los brazos eran para la presentación de Chuck Palahniuk de la noche siguiente.

No es broma: en muchas otras librerías la gente había hecho la misma asociación de ideas. Y esos mismos libreros habían dado por sentado que yo sabía que mis eventos venían después de los de Aron y que era un bromista degenerado que había planeado aquello para acosar a aquel otro autor, para dar rienda suelta a mi atroz sentido del humor.

Cuando en realidad ya llevaba años haciendo aquello. Solo para intentar disuadir humorísticamente a cierta gente de que se hicieran un tatuaje. No es que yo sea realmente un cretino sin tacto, aunque quizá debería empezar a pensarme mejor las cosas.